Hay muchos tipos de ilusiones. La que te haces cuando crees que la persona a la que amas siente lo mismo que tú, la que te haces cuando crees que tu amistad con tu mejor amiga será indestructible y para siempre, la que te haces con la nota del examen que hiciste hace una semana ... mil ilusiones, algunas se cumplen, otras se rompen quedando en el olvido tras las lágrimas que se derraman por el desengaño que te llevas.
Las que se cumplen, te suelen hacer feliz, porque al fin y al cabo, era lo que deseabas, pero también te hacen encapricharte y que cuando llegue el día de que una de tus ilusiones se rompan, te sientas mal, vacía ... puesto que te encaprichaste con tu primera ilusión cumplida, pero por desgracia no todo lo que deseamos puede hacerse realidad.
Las que se rompen, te hacen más y más fuerte, y a la vez, te enseñan que en esta vida hay que ser realista para llegar lejos, que soñar es gratis, pero también duro, puesto que la mayoría de las cosas que deseas e imaginas nunca se harán realidad.
Muchísimos tipos de ilusiones, pero sin duda, la más bonita, la que se tiene cuando niña.
La ilusión de levantarte a las ocho de la mañana, el seis de enero, con el balanceo de las manos de tus padres. Despertarte y, mientras abres los ojos lentamente, ves a tus padres sonriéndote como nunca. No sabes que pasa, ¿por qué sonríen?, hasta que te das cuenta de que es el día de reyes, el día en el que tres buenos hombres te traen regalos si has sido buena, y carbón si te has portado mal. ¡Qué hombres tan listos!. Saben como se portan todos los niños del mundo. Se acabó el pensar, toca levantarse de un salto, correr a través del camino de caramelos que te conduce hasta el salón y ver allí todos esos magníficos regalos tan bien puestos en el sofá. Se te iluminan los ojos y una sonrisa radiante aparece en tu bonita cara. No hay nada que pensar, ni nada que hacer, ni nada de que preocuparse, sólo están los regalos y tú. Mientras que rompes el papel de cada regalo miras a tus padres con una preciosa y amplia sonrisa, mientras que ellos te enfocan con su cámara de video, para que estos momentos no se olviden nunca. Regalo tras regalo, sonrisa tras sonrisa, asombro tras asombro ... todo es tan perfecto. Cuando terminas nada ha acabado para ti, ahora toca estrenar los regalos, y si se pudiera, los estrenarías todos juntos.
Coges tu bici, te montas encima y colocas tus botas nuevas sobre los pedales. Un empujoncito de tu padre hace que cojas carrerilla y que puedas arrancar y salir con la bici. Pedaleo tras pedaleo, no puedes parar, corres y corres despreocupandote de lo lejos que estás de tus padres. Pasas tiempo con tu bicicleta, pero tus padres te dicen que debes recoger los demás regalos en casa de la abuela y el abuelo. ¡Qué ilusión, más regalos!. Sueltas la bici de golpe y te preparas para ir a por los regalos que faltan. Te montas en el coche y miras por la ventanilla pensando en todos los juguetes que te esperan. Entonces miras al retrovisor y la mirada de tu madre se clava en tus ojos ... mil cosas pasan por tu cabeza en ese instante, hasta que el deseo de jugar vuelve a tu cabeza. Llegas a casa de tu abuela y entras sin saludarles, sólo quieres ver tus regalos, pero entonces, tu abuela te dice "¿no me das un besito?". Te vuelves, la miras, corres hasta sus brazos y mientras tu abuela te abraza le das un beso en el cachete. Saludas a tu abuelo también. Entonces un grito de tu madre diciéndote que abras los regalos te sobresalta. Corres hasta el sofá y ves papeles de colores por todas partes. Regalos grandes, regalos pequeños ... que casualidad, te llaman la atención los regalos más grandes, pero ves tu nombre en una de las cajas envueltas y corres a desgarrar el papel que oculta tu nuevo juguete. No puede ser, no crees lo que ves ... ¡es un nenuco! justo lo que habías pedido. Eres increiblemente feliz y tras desliar el resto del envoltorio para poder sacar al muñeco, te sientas en el sofá, rodeada de tu familia, que te mira atentamente y con una sonrisa dibujada en sus caras. Pasas la tarde besando al muñeco, cambiándole el pañal, dándole el biberón ... pero llega un momento en el que el sueño puede contigo y empiezas a patosear, dejándo de lado a tu nenuco y a todo, te sientas en el regazo de tu madre y te quedas dormida poco a poco. Los ojos te pesan y tu cuello se dobla hacia un lado lentamente. Ya no puedes más y acabas rindiéndote ante el cansancio. A la mañana siguiente, despiertas en tu cama, ajena al mundo, e intentando recordar lo que hiciste ayer. ¡Ah, ya te acuerdas! qué bien lo pasaste ... así que te levantas con el deseo de jugar con todos los regalos que recibiste ayer y de no acabar de divertirse nunca.
Así son las ilusiones, algunas bonitas, otras duras y otras caprichosas, pero todas son ilusiones y llega el día en el que te das cuenta de que no son más que eso, deseos cumplidos, rotos o simplemente deseos.
Soñar es gratis, pero también es duro

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