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viernes, 28 de agosto de 2015

Todavía no entiendo 
cómo pude lanzarme 
al vacío de tus manos
sin un puto paracaídas de repuesto.

Recuerdo aquel día como la primera vez que conocí a alguien sin realmente conocerle.
A tientas.
Con las manos atadas a la espalda, pero muchas muchas ganas de abrazar la tuya.

Y eso fue lo que me motivó a experimentarte: las ganas.
Ganas de volver a recuperar esa ilusión que algunos afirmaban encontrar en manos entrelazadas y besos de miel. Pero que yo, que ya venía desgastada y polvorienta, sólo podía encontrar en folios en blanco.
Eras como buscar caracolas en un desierto que una vez fue mar. Mitad estúpido, mitad necesario.

Pero tengo que confesarte, cariño, que aquello más que amor era puro capricho.
Te juro que me sentí ambiciosa y desesperada al ver tus andares entre las calles de mi mente; pero también te aseguro que nunca jamás me había sentido tan viva.
Tenerte o no, qué más me daba joder... yo sólo quería sentir que este corazón podrido volvía a latir al ritmo al que tú tocabas la guitarra.

No te voy a mentir, siempre supe que algún día el destino se pondría de mi parte y colocaría tu mullido ser entre mis brazos. De lo que no me percaté (y lo digo con tristeza y con el corazón en tus manos), era de que esa alma de colores que intentaba proteger para saciar mi falta de cariño, era más que una simple ilusión a mi alcance.

¡Eras tú! Con tus pocas virtudes y miles defectos.
Con tu voz ronca y tus manos de bronce.
Con tus ganas de ser tsunami, sin previamente haber sido ola.

Lo conseguiste. Aunque más que tsunami, eres todo lo que él arrastra.
Eres recuerdos.
Eres angustia de no saber qué va a pasar ahora.
Eres gritos que penetran.
Eres mi árbol de la vida flotando a la deriva.
Eres socorro.
Eres auxilio.
Eres muerte y vida al mismo tiempo.
Eres basura.
Eres resaca.
Eres hogar.

Y todo esto te lo digo con cariño, aunque no con respeto.

Porque pese a lo mucho que te quiero
y a lo mucho que eres y serás,
después de las tormentas
después de los tsunamis
y después de cualquier otro riesgo natural (como verte desnudo)
siempre llega la calma
de saber
que las olas se llevan lo peor
dejando a flote
nuestro lado más humano.

Ahora te toca a ti enseñarme el tuyo.




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