La vida a veces me duele tanto que resulta hasta irónico.
Como un enfermo de cáncer en sus últimos suspiros.
Tal vez como una niña a la que no le quedan ganas de jugar.
O como un perro abandonado a la espera de su próximo dueño.
Vivimos en un mundo donde hay buena gente sobreviviendo en castillos de cartón e hijos de puta follando en suites de lujo.
Y te prometo que no lo entiendo, cariño.
No entiendo a quién dijo que éramos perfectos
si no ha mirado al mundo a los ojos
y no se ha quedado sin habla
tras ver a la injusticia vestida de gala.
De gala como se visten mujeres frías
para calentar a maridos más fríos aún
en una relación ya congelada.
Congelada como la sonrisa de niños
a los que les roban la infancia
para obtener beneficios de mierda.
Mierda como lo que somos y seremos
hasta que el mundo reviente y nos haga saber
que no somos humanos,
pero mucho menos perfectos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario