La vida no le sonríe, pero no es eso lo que le preocupa.
Pasa los días encerrada en su habitación, con la música alta y con los ojos lagrimosos, mirando por la ventana desde el suelo frío en el que está sentada.
No pide ser perfecta, sólo quiere que él se fije en ella, pero es inútil, él no lo hará.
Perfecciona su rostro día tras día para llamar su atención, en vano.
Intenta eso que todos dicen que funciona, ¿cómo era? ah ya, ignorarle, pero no hay forma. Se pasa los minutos de su vida admirando esos ojos pardos que tanto le hacen sentir, admirando a la persona que le saca miles de sonrisas día tras día...
Se sienta en su pupitre, y deja pasar el tiempo, mientras en su interior, espera escuchar una palabra de esa boca que tanto desea besar.
Le mira de reojo, no quiere parecer pesada, pero de pronto vuelve la vista hacia la pizarra antes de que él la vea mirándole. Uff, por poco. Comprueba que él ya no la mira, y retorna a su rutina de mirarle de reojo.
Le encantaría decirle lo que siente, pero sabe que se decepcionará al escucharle y verle reír tras expresarle cuánto le quiere, aunque eso es imposible, ya que le quiere tanto que no puede expresarlo con palabras.
Ella no ve más allá de su sonrisa y su pelo dorado. Por el contrario, él no ve más allá de sus curvas y su definido cuerpo. Son polos opuesto, pero quizá por eso le atraiga tanto.
Le gusta gastar bromas entre ellos, pero le da miedo que algún día todo eso se acabe y todos los momentos vividos queden en el olvido, o más bien, en su olvido, ya que ella nunca olvidará todo lo que vivió con la persona que despertó en ella un ansia constante de querer tenerle a su lado.
A veces, cuando está demasiado agobiada por los pensamientos que perturban su mente cada día, sale a correr. Corre sin parar, con una ruidosa respiración, y perdiendo, a cada paso, el poco aliento que le queda después de correr todo lo que su cuerpo aguanta. Después se sienta en su piedra favorita, la que la acompaña la mayoría de las tardes. Antes tenía amigas, ahora es íntima de la soledad, pero se siente bien así. Y mientras recupera el aliento, admira el atardecer que le incita a imaginar como sería compartir ese cielo anaranjado a su lado, al lado de la persona que la ha enamorado por completo.

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