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domingo, 1 de julio de 2012

Vidas opuestas (superficialidad).

- Se mira al espejo después de haberse levantado lo más temprano posible. Se siente horrible. De nuevo debe pedirle un favor a su mejor amigo, el maquillaje.
Se sienta en el taburete frente al tocador y se observa detenidamente. Coloca un poco de sombra en sus ojos, repasa el contorno con lápiz negro, se pinta los labios y para no ser menos, se difumina un poco de colorete sobre los pómulos. Ahora sí se siente perfecta, ahora sí se siente mujer.
Pero aún no ha acabado. Todavía queda la guerra del pelo y la vestimenta, y vuelve la rutinaria pregunta de "¿qué me pongo?".
Revuelve su inmenso armario abriéndose paso entre toda esas prendas de colores. Ahí está, ese vestido que tanto le gusta. Con cuidado de no quitarse el maquillaje se va poniendo el ajustado vestido lentamente. Le queda que ni pintado, y además, el color violeta le favorece muchísimo.
Coge los tacones a juego con su pequeño bolso negro y se dispone a hacer maravillas con aquel cuidado pelo. Lo desenrreda una y otra vez, lo alisa, lo moldea, lo inunda de laca y lo recoge de una forma un tanto elegante. Para terminar, se baña en perfume y coloca unos largos pendientes en sus orejas. Ahora ya está preparada para lo que se le presente, así que sin más, coge las llaves de su caro descapotable y se marcha al trabajo, ese trabajo que tanto odia pero que tan gran sueldo le proporciona.


 
El dinero no dá la felicidad, lo único que hace es aparentar que eres feliz.



 
- Se levanta de su cama y se dispone a poner en su sitio todas aquellas mantas que ha revuelto mientras dormía esas largas horas. Ahora ya se siente más relajada. Recoge un poco el cuarto y se mira al espejo aún con los ojos pegados de sueño. Se siente guapa, estupenda, especial ... y no es para menos, ya que el hombre de su vida está al otro lado de la habitación observando cada uno de sus movimientos. No es especialmente guapa, en realidad nunca lo ha sido, pero él consigue hacerla mujer, hacerle sentir diferente ...
Se peina un poco el alborotado pelo y se lo moldea con los dedos rápidamente. No puede esperar a darle un cálido beso a su marido. Ambos bajan a la cocina y desayunan juntos mientras los primeros rayos de sol entran por el ventanal de la cocina. La casa no es muy grande, pero aún así son extremadamente felices. Terminan y después de recoger la mesa, ambos se dirigen a la habitación para arreglarse. Ella se pone los vaqueros que más cómodos le parecen y su camiseta preferida, la que él le regaló el día de su primer aniversario. Se vuelve a mirar al espejo, y  tras refrescarse la cara con agua fría y secársela con la toalla, le da un beso a su marido y se marcha al trabajo montada en el Seat 600 que le regaló su padre cuando se casó. Es antigüo, pero no le importa mientras funcione. Aún no han pasado cinco minutos y ya echa de menos a su marido.


 
La perfección no puede hacerte feliz, pero la persona a quién aceptes pese a sus defectos sí que puede.

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